enero 31, 2010

Había olvidado


Como un viejo recuerdo de años lejanos, se me había olvidado lo que significaba que el corazón volviera a latir en carrera al acercarse el momento del encuentro, como si tuviera 15 años otra vez.

Había olvidado lo que era levantarse y pensar en otro ser humano, más allá del trabajo o los amigos. Había olvidado lo que era el brillo que se cuela en los ojos cuando te preguntan o simplemente cuando recuerdas.

Había olvidado lo que era el calor de una caricia, el recuerdo olfativo de la piel de otro o ese escalofrío repentino que nos invade al recordar.

No me había percatado de mi corazón de hielo y mi piel de mármol, focilizándose a la intemperie cual castillo perdido en el desierto. No sabía que me había enfríado tanto y que me me habían inmunizado contra el cariño.

Había olvidado que un abrazo tiene el poder de socabar las defensas del castillo más protegido para dejar pasar un beso y ponernos a soñar.

Inclusive mis manos habían olvidado cómo era eso de tocar, de sentir, de acompañarse en la vida más que de anillos y páginas secas, más que de pretextos, plumas, teclados y trabajo.

¿Qué más pude haber olvidado que tú no puedas recordarme? Sólo sé que ya he emprendido el camino que me llevará a averiguarlo.
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