enero 15, 2010

En el reino de este mundo... entre Haití y el infierno

Sería irresponsable de mi parte si comparo a Cinchona con Haití. Pero tengo que partir del hecho.

El 8 de enero del 2009, cuando nuestros compatriotas de Cinchona cayeron, los atajaron 4 millones de corazones, que sin pensarlo dos veces se voltearon hacia ese pequeño lugar de Costa Rica. Dos noches después, aunque sin casa y algunos sin familiares y amigos, los cinchonenses recibieron esperanzas (y algunas promesas).

Hoy mientras escribo se ha cumplido una semana del terremoto en Haití y la tierra no les da tregua. Sigue temblando y los edificios siguen cayendo. Los muertos se apilan como en una escena de guerra, como si hubiésemos enviado a CNN al infierno a filmar el terror en su esencia.

Leo una crónica publicada el viernes 15 en El País y me pregunto dónde quedan las esperanzas de un pueblo que no puede ni limpiarse las heridas así mismo. Dependen entonces de lo que el resto haga (y sí que lo están haciendo, cientos de países, miles y miles de personas y recursos dirigidos a este país tan pobre y olvidado).

Hace varios años que Haití no puede resolver sus propios problemas básicos que fueron creciendo con sus 2 millones de habitantes en Puerto Príncipe -la capital y el epicentro del terremoto-. Esta tragedia viene entonces a coronar una larga cadena de tragedias mal atendidas, de explotaciones externas e internas que han ido convirtiendo a la zona en un infierno.

Mientras tanto llegan también las historias de madres que prefieren dar en "regalo" a sus hijos, porque no tienen nada. NADA. Y sus vecinos tampoco. Y sus familiares tampoco. Y su gobierno tampoco. Ayer alguien cuestionaba a esos padres, como si uno pudiera jugar de moralista en mitad de la tragedia, donde la línea entre el bien y el mal se ha desdibujado.

Hoy en la mañana alguien, un alguien, repitió lo que le escuchara la semana pasada a Pat Robertson, líder religioso: que los haitianos son tan creyenceros, que se lo tienen merecido.

¿Que Dios sabe lo que hace? ¿Alguien le preguntó a Dios por qué de pronto Haití se ha convertido en el infierno?

Los muertos, muertos están. Los vivos se están muriendo en vida. Probablemente este pueblo, abandonado por los ojos del mundo pueda mitigar el impacto inmediato de la tragedia. Sin embargo, en el reino de este mundo, me pregunto si luego de darles tantos peces, podremos enseñarlos a pescar.
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