julio 14, 2008

De nuevo al fugitivo


Te añoro como una mañana fría de octubre. Creo que tu ausencia ha sido demasiado larga y me lleva a preguntarte ¿dónde has acampado, terco fugitivo?.

Juro que he salido en tu búsqueda, escurridizo y malagradecido amor y no he recibido ni una señal de dónde se te puede encontrar.

¿Acaso eres sordo ante mis súplicas? Estoy otra vez aquí perdida, en medio de este bosque oscuro, procurando alejarme de mi propia desesperación.

Y la luna ya no es mi compañera; entonces no puedo identificar entre la infinidad de rostros cuál tienes ahora. No sé cuál es tu voz, perdí la capacidad de distinguirte entre los extraños porque ignoro el nuevo aroma de tu piel. Da igual que abra o cierre mis ojos, si no puedo identificar la canción que has estado tarareando.

Maldita sea la hora esta en que te necesito tanto, amor desconocido, aún cuando me has tomado el corazón y los has hecho pedazos cuando te ha dado la gana y no has tenido la dignidad de reparlo. Maldita sea la hora en que te inventaron, amor, en que a alguien se le ocurrió bautizarte porque no sé por qué me duele tanto esta interminable espera, este impas, este paréntesis en mi propia alegría.

Y está la fe. Ah bendita hija de la esperanza, que nunca se me acaba, que sin importar cuántas veces me has abofeteado sigo aquí buscándote, esperándote, añorándote y escribiéndote, como si fueras el amante que se ha ido dejando una estela de promesas, como si de verdad creyera yo que existes como en las canciones y las historias, como si yo fuera más fuerte que la decepción.
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