abril 19, 2006

La tristeza


A veces se nubla nuestra ventana. Es inevitable. Es cuando miramos el cielo y descubrimos que aunque veamos la misma luna, nadie está pensando en nosotros. O quizá sí, pero no de la misma forma en que lo pensamos.
De pronto llueve afuera y llueve también en nuestro corazón, porque el silencio nos abruma y las palabras que se derraman en ese silencio nos envuelven y nos hacen perder la noción de un tiempo sin espacio, de una época que se fue o que no ha venido.
Pienso entonces en dónde estoy. Pienso en qué mundo me he quedado para que el amor se olvide de mí. Vuelvo a llorar.
En mis ojos aún quedan muchas lágrimas para derramar en el camino, durante mi peregrinación al centro de mi propio corazón.
La lluvia no amaina y da contra mí, sin réplicas. Así no voy a encontrarte lo sé. Pero no conozco un camino más certero, ignoro si eres de esos enigmas que jamás se encuentran, o si al voltear la página de mi historia te dejaré atrás sin haberlo sospechado tan siquiera.
Ya te he dibujado tanto en mis páginas que creo que confundí tu imagen con la tragedia de la soledad y por ello es que aún tropiezo con los mismos errores de antaño.
Frente a mí se extiende el camino que me lleva a las otras ciudades y a los otros pueblos, donde probablemente creeré ver tu rostro entre las multitudes y me hará quedarme para encontrarte, hasta que una mañana despierte y me de cuenta de que estoy sola otra vez, y decida emprender de nuevo la búsqueda que me tiene hoy tan triste.
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