septiembre 25, 2007

¿Es amarga o dulce la venganza?

Hace días quería escribir de la venganza; ya que no puedo ejecutarla, pensé que igual de liberador sería dedicarle unas palabras a este acto que muchos han condenado. Por ahí se dice que es dulce, en otros lugares he escuchado que es amarga y realmente no sé a qué sabe, debido a que mi formación católica (regida por el miedo a la culpa) me había enseñado que la venganza no es la respuesta y no hay satisfacción en ella, aunque la definición de la RAE diga textualmente que la venganza es la "satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos".

Ahora que he dejado las lides cristianas para abrir mis horizontes religiosos me he percatado de que casi todas las religiones y filosofías ven la venganza como una retribución negativa a un acto que en algún sentido también fue negativo. Pero la venganza es media primitiva. Nos persigue desde que, siendo niños, queremos derrumbarle el castillo de tucos a ese quien no nos dejó jugar, aunque eso nos signifique unas dos horas de castigo en un aula a oscuras. Sí, lo sé... fue sumamente infantil pero en esa época no tenía más de 7 años. Comentario aparte, aquella fue mi mejor patada.

Cuando se es adulto uno piensa mejor en la consecuencia de sus actos y prefiere no correr el riesgo de tomar la justicia de la vida (o justicia divina, como se quiera llamar) en sus manos. A veces preferimos dejar que la vida siga su curso y nos conformamos con desear lo peor, perdón, lo mejor a esas personas que nos han agraviado con sus intenciones o sus actos.

Y aunque la vida sería más fácil, creo, si nos diéramos la libertad de expresar nuestro deseo de que a esa persona le caiga un rayo o se le dañe una llanta del carro, preferimos hacer un pacto con nosotros mismos y no decir nada.
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